sábado 1 de diciembre de 2007

Alan Stivell

miércoles 13 de junio de 2007

Alguien derramó sobre tus cumbres

Alguien derramó sobre tus cumbres un rocío
de libertad, acaso de fantasía.

Al hollarlas nos quedó un emboque
dulce que nos compensa
tantos afanes, tantas horas
de osado esfuerzo desgastadas.

Escalemos otra vez y otras mil veces
tus paredes, hasta colmarnos de goces y laureles.

martes 12 de junio de 2007

Mons Vindous

Oímos chasquidos vegetales, blincos
y despacio un sollozo largo
y muy lejano diluyéndose hasta
que un silencio espeso nos rodeó.

La noche invernal es sigilosa;
intuimos el gemido triste de la lechuza,
el ronco aviso del búho, el piafar
de los asturcones, el aullar de los lobos.


Pesaba el tiempo en nuestro arrojo,
leves sombras se ocultaban alrededor.

Lánguido, el sigilo del entorno penetró
en nosotros y apreciamos aquella paz
del entendimiento y que las formas evidentes
y las ocultas eran puras en su esencia.

Así percibimos la armonía del Mons Vindous
fluyendo en nuestra conciencia.

lunes 11 de junio de 2007

Cordobeyu embebido en su jugo sobre lecho de patatas panadera

El cordoveyu (salmo fario) es un pez de cuerpo fusiforme, buen nadador, que habita en aguas puras, muy oxigenadas, de preferencia en las confluencias de los rios. En el oriente de Asturias se encuentran en las meceduras de los rios Deva-Güeña, Güeña-Sella, Dobra -Sella y Piloña-Sella principalmente. Todos los cordoveyos nacen y pasan las primeras fases de su desarrollo en los ríos. Algunos de ellos migran al mar, en donde permanecen durante tres o cuatro años antes de regresar al lugar en donde nacieron(salmo migratorius) son los más apreciados, su permanencia en aguas saladas, su diferente alimentación hace que alcancen un mayor tamaño y su carne adquiere un hermoso color rosado, de agradable sabor a mar, cierto emboque de algas y reminiscencias de coral, de excelente proteína, muy rica en minerales y acidos grasos insaturados. La exhaustiva pesca a la que fue sometido desde tiempo inmemorial tan exquisito manjar lo ha hecho desaparecer del mercado, para degustarlo es preciso hacer amistad con algún ribereño y conseguir que nos invite a pescarlo.

Ingredientes:

  • Un cordoveyu grande, mejor si es un salmo migratorius.
  • Dos kilogramos de patatas peladas y cortadas en rodajas finas.
  • Dos cebollas peladas y cortadas en aros muy finos.
  • Cien gramos de mantequilla cortada en lonchas finas.
  • Zumo de un limón.
  • Un culete de sidra.
  • Sal.

Eviscerar y sazonar el cordoveyu. Colocar en una fuente de horno la cebolla, las patatas y el cordoveyu con la mantequilla por encima, regar con el zumo y la sidra. Meter a horno fuerte, si es posible de leña, durante treinta y tres minutos. Sacar y ¡buen provecho¡ ¡excelso manjar¡ por Odín.

sábado 9 de junio de 2007

Si has esperado tanto tiempo

Si has esperado tanto tiempo
para saber del goce del hombre
en sus largos pasos por el seguro
bronce de tu pecho.

Si has esperado tanto tiempo
para sembrar con placer
en nuestro ánimo
la música del esfuerzo.

Qué lágrimas de alegría
derramaremos juntos
al recoger la cosecha
del triunfo:

ese rocío de sudor bajo el sol
que nos guía como un puñal de luz
atado a tu blanca sien que nos renueva
el camino al universo.

lunes 4 de junio de 2007

La Peñe de Caín

El viento del nordeste frío e implacable del amanecer, agudo e inclinado, se abate como una cascada de hilos plateados sobre Cornión, macizo occidental de los Picos de Europa. Arriba, muy por encima de mí, húmeda neblina ciñe tenue corona en la blanca sien de la Peñe. Hay un liviano aroma a brezo, aulagas y abeyera. En lo profundo de los valles, con suavidad se mecen las hojas de las hayas.

El crruuuacc, crruuuacc del cuervo restalla en el pacifico silencio. Mientras un raposo me contempla con un relámpago de inquietud en su mirada suspicaz e irónica, un enjambre de golondrinas trazan por el cielo infinitos dibujos esotéricos precediendo su vuelta a África. Inicio la escalada a la Peñe de Caín, por la vía de la Canal Estrecha, una vez superado el largo pedrero del inicio y cuando me preparo para ascender un corto muro, observo cómo el Plagu, pastor en la majada de Cebolleda, guarda del refugio de Vegarredonda y guía de Cornión, desciende.

Espero su llegada, se pone a mi altura, me guiña un ojo y puesto en cuclillas enciende su inseparable pipa, se frota las manos, clava en mí su mirada serena, en la que se aprecia unas chispitas de alegría y canta:

Mons Vindus, tú que permaneces

ajeno al tiempo, tú que distingues lo visible

y lo invisible, a ti en quien respira

la efímera vida animal, la lánguida

vida vegetal, la dilatada vida mineral,

la vida de los astros, todo signo de vida.

Tú que percibes las fases de la luna,

la menor perturbación solar

estremecido por todos los vientos,

tú que percibes todos los latidos del espíritu universal.

Mons Vindus, tú que conoces

la ineludible desolación

que precede a la invencible

primavera. Tú que adviertes

la fuerza del pensamiento que hiberna

en la noche de los tiempos y resurge recuperado.

Mons Vindus tú que acoges el instante,

tú que eras antes de nosotros,

tú que serás después de nosotros,

tú que frecuentas el porvenir,

tú que conoces las alegrías

y desgracias a ti te interrogo.

Dime: ¿gozaremos de la energía y la fuerza

bastantes para alcanzar un mundo sin maldad,

para llegar allí donde nuestros sueños existen,

para merecer la morada de la eterna perfección?.

El Plagu terminó su tonada y con un gesto de adiós continúo su apresurado descenso dejándome sorprendido por su locuacidad, por habito es parco en palabras, y por la belleza de su elegía.

Tras un prolongado descanso que aprovecho para reponer fuerzas con un estupendo bocadillo de jamón, continuo mi ascensión a la cumbre moviéndome hacia mi izquierda, trepando por un estrecho canalillo, me sitúo en una covacha, observo que muy poco por encima de mí ya aparece la neblina ocultando el final de una apretada chimenea que escalo utilizando la técnica de oposición. Ya por completo hundido en la neblina, prosigo por cortos pedreros sorteando enormes bloques de piedra que se me antojan transportados por legendarios Prometeos astures en cumplimiento de atávicos castigos.

Progreso con premura pues hay buenos agarres y aseguramientos y así, casi sin darme cuenta comienzo a ver cómo la niebla se disipa a mi alrededor, dejándome admirar hacia el sur las verdes praderías de Vegahuerta.

Tras trepar por unas pequeñas llambrias y unos cortos, pero muy inclinados muros, regreso a la cara norte. Adivino allá al fondo el Jou Santu, mientras asciendo por una larga chimenea. Después de superar una difícil placa, pasar por entre varios bloques más, avanzar por un corto pasillo horizontal y escalar un diedro, me sitúo en la cima.

Ante mí aparece, en todo su esplendor, la belleza agreste de la montaña. Bajo mis pies la niebla forma un anillo alrededor de los Picos de Europa, el Mont Vindous de los romanos, respiro la fragancia húmeda de la caliza. Lleno mis pulmones de aire puro y mi corazón de armonía.

En la lejanía, al norte, el sol tiñe de bronce las aguas de una mar siempre inquieta, siempre en continuo movimiento. Aprecio los fugaces latigazos blancos de las olas al romper. Una mar brava surcada, desde tiempos inmemoriales, por bandadas de barcos pesqueros, mercantes. Unos próximos a la costa, los otros apegados al horizonte.

Hacia el saliente se muestran numerosas agujas de caliza rosadas por la luz del atardecer. Al poniente se dejan admirar verdes bosques en los que comienzan a aparecer ligeros y breves amarillos, pardos, encarnados... augurando la proximidad de la seronda. Al sur se descubren extensas praderías en las que destacan los cercanos verdes y en la distancia los ocres de la tierra seca y los amarillos de la mies segada.

Belleza a raudales y esa sensación de pequeñez-grandeza que anega el ánimo, esa sensación de maravilla, esa exaltación de los sentidos que nos lleva a percibir todo lo que amamos como una unidad perfecta. Ese estar próximo, rozando o invadiendo, la frontera de otro mundo al que no le es ajena nuestra presencia.

sábado 2 de junio de 2007

Jabalí ensoñado

Ingredientes:

  • Un jabalí pequeño.
  • Pétalos de rosa confitados.
  • Flores de jazmín.
  • Flores de espliego.
  • Flores de caléndula.
  • Hojas de parra.
  • Hojas rizadas de geranio.
  • Hojas de capuchina mayor.
  • Vinagre aromado con flores de ajedréa.
  • Mantequilla maitrê d´hotel.
  • Huevos de perdiz empollados.
  • Sal gruesa.

Hacer una incisión en el vientre del jabalí. Eviscerar. Tomar un lienzo de lino e impregnarlo de vinagre aromado. Limpiar por dentro el jabalí frotando con firmeza y procurando humedecer todo el interior. Colgarlo de las patas traseras y dejarlo serenar durante veinticuatro horas, en lugar fresco, seco y ventilado.

Colocar el jabalí en una mesa con la incisión hacia arriba. Sazonar interiormente con sal gruesa. Introducir un espetón a lo largo del jabalí. Revestir el interior, formando un lecho acolchado, con hojas de geranio, de capuchina mayor y flores de jazmín, espliego y caléndula.

Recubrir los huevos de perdiz con una ligera capa de mantequilla maitrê d´hotel. Envolverlos en hojas de parra. Disponer los huevos en el lecho de hojas y flores. Cubrir con pétalos de rosa y flores de jazmín.

Colocar el jabalí en el asador sobre brasa floja. Dar vueltas con lentitud y rociar con el vinagre de cuando en cuando. Debe hacerse, el asado, muy lento. El jabalí estará en su punto cuando los huevos eclosionen y salgan los perdigones por la boca.